Restauración de fachadas o limpieza de cristales algunos de los oficios en lo que todo está en las alturas

Sus protagonistas dicen que sus métodos de trabajo son «muy seguros» y que el peligro «lo pone cada uno»

Si algo bueno tiene trabajar en las alturas son las vistas. Impresionantes. Sobre el tejado de un undécimo piso de la calle General Sanjurjo, Benito Ponte, Rai Pérez y José Platas divisan toda A Coruña. Desde el castillo de San Antón, hasta la ría de O Burgo. «Es lo mejor de este trabajo», aseguran. Y es que tanto Rai como Benito son expertos escaladores. Lo de estar colgados nada tiene que ver con su estado de ánimo, sino con su trabajo. Eso sí, a una altura que a más de uno le puede poner los pelos de punta. «Lo más difícil es aprender a trabajar ahí arriba, porque tienes que tener cuidado con las herramientas y habituarte a estar suspendido», explica Ponte, que lleva más de veinte años dedicado al negocio y que hace ocho que decidió montar su propia empresa.

Pero si hay algo que este veterano tiene claro es que la seguridad es lo primero: «No se puede beber ni gota de alcohol, tampoco debes trabajar si has pasado mala noche o tienes algún tipo de indisposición, lo mejor es que te vayas para casa. Esto es mucho más seguro que ir a la mar o andar con el coche, pero hay que mantener precauciones», explica el jefe de Alturas Galicia, al tiempo que reclama un convenio laboral para este sector: «Formamos parte del convenio de la construcción pero no tenemos nada que ver con ellos. En nuestro caso, tanto pintamos como limpiamos cristales, reparamos fachadas o retiramos cascotes, pero no es lo mismo estar encima de un andamio que estar suspendido. Además, a partir de una cierta edad tampoco puedes estar ocho horas colgado».


Sin accidentes

En cuestión de accidentes, Benito Ponte garantiza que «en suspensión» apenas hay: «Puede haber más en los tejados al tropezar con alguna cuerda o resbalarse que cuando estás suspendido, porque las medidas de seguridad y los equipos que se usan son totalmente fiables». Tanto es así que Rai explica que las cuerdas que utilizan soportan 1.200 kilos y que si bajan a mucha velocidad el sistema se bloquea.

Lo que nunca se debe hacer, según dicen estos expertos, es limpiar los cristales de la fachada desde dentro: «Es peligrosísimo, se suben a una banqueta y luego sucede lo que le ocurrió al chico que se cayó de un quinto el otro día aquí en A Coruña. La suerte que tuvo fue que lo amparó del golpe el árbol contra el que chocó, y el coche. Si no, se mata, seguro», explicó José, que cuenta que los vehículos amortiguan muy bien las caídas: «Tienen una chapa muy fina y te sirve de amortiguador», alega.


Fontanero de alturas

José Platas es fontanero y soldador. Acabó colgado de las fachadas de los edificios casi por casualidad pero ahora dice que le gusta su trabajo. Para él, lo más importante es tener un compañero experto que esté pendiente de las normas de seguridad: «Con Rai estoy muy tranquilo, sobre todo, porque cuando tienes algún imprevisto él siempre sabe cómo reaccionar», dice Platas. Para este empleado, el trabajo en equipo es fundamental en este oficio: «Eso y tener mucho cuidado de que no te caiga nada al suelo», bromea.

«La gente se sorprende cuando nos ve colgados. Nos dicen que ya nos pueden pagar bien o que si nos queremos muy poco. Pero la frase mítica es: '¡Amarrádevos ben, filliños!'. Siempre hay alguien que nos lo suelta», confiesa Rai entre risas.

La pasión de Ponte por las alturas le viene a través de la escalada. Se dio cuenta de que con este trabajo podía combinar una de sus pasiones deportivas y los arreglos de fachadas, la construcción de viaductos y cualquier cosa que se le pueda ocurrir a uno y que se pueda hacer en las alturas. 

A este bilbaíno, de padres gallegos y asentado hace años en A Coruña, la idea le gustó tanto que incluso convenció a su familia para que siguiese el negocio. Pero reconoce que no todo el mundo sirve para ello: «He visto casos de gente que descubre que tiene pánico a la altura cuando ya está colgada. La clave está en mantener la calma. Es imposible que te caigas porque la cuerda no va a ceder nunca. Hay varios sistemas de seguridad que lo evitan», explica. Pero Ponte tampoco quiere a los temerarios: «A un tío que no tiene miedo ni respeto por las alturas no lo quiero», asegura.

Con un simple vistazo, detecta en mal estado cuatro o cinco tejados. Dicen que la crisis hace que las comunidades de vecinos no inviertan en arreglar los edificios, algo que a la larga, sale mucho más caro: «Mira aquel [señala una fachada en la acera de enfrente]: tiene grietas y la humedad se filtra. En cualquier momento caen cascotes», explica con un rápido análisis. Reconoce que el 80 % de los edificios coruñeses están en mal estado y que eso provoca la caída permanente de elementos.


Las gaviotas, enemigas y aliadas 

Las gaviotas siempre son un incordio para los operarios que realizan trabajos verticales o están en alturas. A veces incluso tienen que apartarlas con palos porque la confianza de estas aves con el hombre llega a límites insospechados. Lo peor, según dicen, llega con la primavera y la época de cría. Estas aves se vuelven más agresivas y deben extremar las precauciones. También hay que tener cuidado con los vuelos rasantes de las gaviotas. Sin avisar, son capaces de rozar la cabeza del operario. Sin duda, una experiencia que a más de uno ya le dio un buen susto. Sin embargo, Benito Ponte considera que también pueden ser aliadas, porque contribuyen a ensuciar las fachadas de los edificios: «Ahí es donde actuamos nosotros», reconoce.

La lluvia es uno de los factores que más peligro conlleva en este trabajo. Si no, que se lo digan a Víctor Criado, que prefiere no subir a las alturas los días en los que el cielo no da tregua. Este instalador de antenas reconoce que en su caso el peligro es doble cuando llueve: «No solo porque puedes resbalar en el tejado, sino también porque al trabajar con antenas podemos sufrir un cortocircuito. Hay riesgo de descarga eléctrica», explica. Subido al tejado de un edificio del Orzán, Criado y su compañero instalan una antena de 20 metros de altura, con una facilidad pasmosa. Se dedican a todo tipo de instalaciones de telecomunicaciones: «No le hacemos ascos a nada», bromea. Del total de horas que dura la jornada laboral, Criado calcula que el 30 % las pasa en un tejado. Es por ello por lo que para este trabajador de Satelco «el peligro lo pone cada uno». Los resbalones en los tejados pueden ser habituales si no se toman las medidas de seguridad adecuadas. Por eso Víctor lo tiene claro: «Hay que evitar cualquier tipo de descuido». Y explica qué es lo que se pone al subirse a un tejado: «LLevamos arnés y creamos una línea de vida. Antes de cada trabajo se instala una cuerda de un extremo a otro del tejado para sujetarnos a ella, así si nos resbalamos nunca podremos caer al vacío. También colocamos anclajes», afirma, aunque reconoce que los problemas pueden venir por un exceso de confianza: «Cuanto más tiempo llevas más te confías, y eso te puede dar algún susto», dice.


Un trabajo rutinario

A sus 41 años, lleva subido a un tejado desde los 17. No le impresiona estar en las alturas, es algo que ya le parece muy normal: «Es un trabajo rutinario y la familia me dice que traiga dinero a casa y ya está. Ellos también están acostumbrados», bromea. Dice que lo bueno de este trabajo es que hay poca gente que se quiera dedicar a ello y que las salidas laborales son buenas: «Además, está mejor remunerado que otros oficios».
El trabajo en equipo también es muy importante. Considera que dos ojos siempre ven mejor que uno y que tener un buen compañero es fundamental.


 

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